Dicho de un toro: la tauromaquia en el diccionario

abril 24, 2012 § Deja un comentario

El léxico de un idioma da cierta información sobre las sociedades que lo hablan. El caso más citado es el de la lengua esquimal y sus infinitos nombres para la nieve (ejemplo que en realidad está mal interpretado, como explicamos aquí hace un tiempo). En España tenemos también unos cuantos ejemplos de este fenómeno: que en gallego existan unas 70 formas de nombrar la lluvia y que en Asturias haya un verbo para el acto de cubrir a alguien con un paraguas (atechar, la RAE no lo recoge) nos da una pista sobre qué meter en la maleta cuando nos vamos al Norte de los Picos de Europa.

Hurgando en el DRAE encontramos algunos datos que dan bastante el perfil typical Spanish . El diccionario contiene 203 palabras con la marca Tauromaquia57 palabras que se definen con la secuencia “dicho de un toro” . Eso sí, la RAE asume que estas palabras se usan en toda la hispanofonia, ya que la definición no lleva ninguna marca geográfica. Sin embargo, es bastante probable que el vocabulario taurino se use exclusivamente en España. De hecho, esta es la política habitual de la Academia: los regionalismos de Hispanoamérica pasan un escrutinio riguroso antes de ser admitidos y siempre llevan marca de la región a la que son particulares, pero se presupone que cualquier término que se use en España pertenece al español estándar.

La metrópoli, aunque sea lingüística, aún pesa.

‘The End’ o ‘Acabose’

abril 16, 2012 § Deja un comentario

Pónganse en situación:

España, años 50, sábado por la tarde.

En alguna localidad perdida de la cuenca minera asturiana, medio pueblo acude al evento social de la semana: la sesión de cine. Hoy toca película americana, una de indios y vaqueros. Parece que la película ya está acabando: el sheriff ha abatido a tiros al jefe indio y besa a la chica. La imagen funde a negro, suenan violines y sobre la pantalla se lee The End. Nadie en la platea se mueve. ¿Por qué el público ni aplaude ni se levanta? No saben que la película ha terminado. Nadie en la platea habla inglés.

Parece un chiste (o un anuncio de academia de idiomas), pero no lo es. El dichoso The End con el que remataban buena parte de las películas del Hollywood clásico trajo cola en varios cines de la España profunda de la posguerra. El público no entendía qué significaba y pensaban que se trataba de una interrupción de la proyección. Quizá para algunos lugareños, ese era el primer contacto que tenían con el inglés. Así que en algunos cines de Asturias se optó por colgar un cartel  cuando aparecía el The End final  en el que se leía ‘Acabose’, la traducción al bable.

Y es que Asturias  también  ye different

Sobre la palabra “rival”

marzo 27, 2012 § 2 comentarios

Conocer la historia de las palabras no sólo sirve para ganar quesitos en el Trivial. Las palabras también sirven para asomarse a la época en la que se crearon y nos dan una idea de cómo era una realidad que ya no existe. Por ejemplo, hoy histerismo significa nerviosismo descontrolado, pero el hecho de que derive del griego hyster, “útero”, nos recuerda que cuando se empezó a usar el término se creía que el histerismo era un estado propio de las mujeres causado por une afección de la matriz (doña RAE, con su nostalgia patológica, sigue empecinada, y sin propósito de enmienda, en que la histeria es un mal femenino).

Del mismo modo, la palabra moneda deriva del latín moneta, que era uno de los sobrenombres de la diosa Juno, ya que era en uno de sus templos donde se acuñaba el dinero romano. Al parecer, credo y parné han ido de la mano desde los albores de la Historia.

El origen de la aparentemente anodina rival también evoca un pasado lejano. Rival deriva de rivus, “arroyo”, y existen varias teorías sobre la relación entre la enemistad y el agua. Por un lado, rival nos remonta a la época en la que tu mayor enemigo era el vecino de acequia que te robaba el agua para los cultivos. También se piensa que pudo derivar de la idea de que no hay peor adversario que el del pueblo de al lado (en este caso, el que vive en la orilla opuesta), o quizá ser originó del odio hacia los que  vivían en la ribera, ya que eran los que controlaban el acceso al agua del resto de asentamientos.

En cualquier caso, la palabra rival, tan normalucha y desgarbada, tan de todos los días (cerca de 19500 apariciones en el corpus Hemero), es una mirilla por la que atisbar un tiempo en el agua era garante de supervivencia y las civilizaciones florecían en torno a los ríos.

Cárdeno: un color para dominarlos a todos

marzo 1, 2012 § 5 comentarios

Cárdeno es una inusual palabra con un inusual significado. Es el nombre de un color pero, ¿de cuál?

Según la RAE, cárdeno significa morado, pero si es referido a un toro significa blanco y negro, y cuando hablamos de agua, significa “de color opalino”, que al parecer es un tono entre blanco y azul (cual bandera de huelva).

Y para más inri, tiene diminutivo, cardenillo, que significa… de color verde.

¿De dónde viene la expresión ‘estar sin blanca’?

enero 17, 2012 § 1 comentario

La expresión estar sin blanca con el sentido de no tener dinero es, además de muy frecuente en el español actual, bastante antigua. Si consultamos el corpus diacrónico de la RAE (el banco de textos antiguos de la Academia, CORDE para los amigos) encontramos 162 apariciones de la expresión “sin blanca”, siendo el registro más antiguo de alrededor de 1460. No está mal.

Y es que la blanca era una moneda que se usó durante la Edad Media (la marca ant. del diccionario indica que la palabra dejó de usarse en los tiempos de Maricastaña, en torno al siglo XVI, aunque lo cierto es que sobrevive fosilizada en la expresión). Es decir, la locución “estar sin blanca”, que hoy resulta bastante coloquial, significaba literalmente “no tener monedas” y es el equivalente medieval del también desfasado aunque igualmente vigente no tener un duro.

Es posible que en un futuro, cuando ya no se recuerde qué eran los duros y las pelas, perduren las locuciones tener pelas o no tener un duro para asombro de los lingüistas.

 

Sonrugir o la sonrisa del león

enero 12, 2012 § Deja un comentario

Cuando el león sonríe por lo bajo, ¿se sonruge?

Sonrugir es un bonito y sugerente verbo irregular que se conjuga como coger (luce una G traicionera que se metamorfosea en J cuando la vocal siguiente lo exige) y para el que me veo incapaz de pensar un ejemplo de uso. Al parecer, ni el corpus de Davis, ni Hemero, ni la RAE en su versión vintage o actual tienen registros de ese verbo. Uno se plantea entonces si no será una de esas palabras a las que les pasa como a Mecano, que en tu diccionario se colaron. Otra palabra con pinta de polizón es escavar, que por su definición parece más un patinazo de algún autor más que una palabra con personalidad propia. Es decir, es como si a algún ilustre se le escapa algo como “el fantasma hapareció” y la Academia opta por recoger el verbo haparecer como “aparición hecha por un fantasma”.

Sonrugir tiene además una curiosidad morfológica poco frecuente: lleva el prefijo son-, que no es más que una versión del culto sub- (debajo). En español ya tenemos un derivado patrimonial de sub en so- (como en sofrito), pero cuando so– prefija a una palabra que comienza por R se convierte en son-, manteniendo la vibración fuerte sin necesidad de duplicar la R (como ocurre siempre que una N precede a una R, como en Enrique o enrevesado). Otras palabras con este son-oro y exclusivo prefijo son sonrojar, sonreír o sonrosar.

Queso o fromage: etimologías

enero 10, 2012 § 4 comentarios

Uno de los gustazos de hablar una lengua romance es que es posible manejarse con cierta dignidad en las lenguas hermanas. Son legión las palabras que, si no son exactamente iguales a lo largo de toda la Romania, al menos se dan un aire y nos sacan del apuro cuando uno anda paseándose por el extranjero y tiene que improvisar.

Cuando dos palabras comparten un mismo origen etimológico se dice que son cognadas; en el caso de las lenguas romances el antecesor común suele una palabra latina. De hecho, esta cognicidad no se limita a las lenguas que parió el latín: bien sea por la influencia de la lengua de Cicerón, que se extendió más allá del imperio y más allá de la Edad Antigua, bien por préstamos léxicos posteriores, es habitual encontrar palabras de origen latino en territorios donde nunca se habló latín, como ocurre en inglés y en alemán.

No obstante, las parejas de cognados no se dan únicamente entre lenguas, sino que también es posible encontrarlas dentro de un mismo idioma. La propia palabra cognado tiene un bonito y sorprendente cognado: cuñado. Ambas derivan del latín cognātus, que morfológicamente viene a significar “nacido con”. Las palabras cognadas y los cuñados son aquellos que tienen un origen común.

Sin embargo, hay una palabra que divide irreconciliablemente a la Romania: queso. En algunas lenguas se dice con algo que empieza por algo semejante a /kas/:

Alemán: Käse

Galés: caws

Gallego: queixo

Inglés: cheese (échenle imaginación)

Portugués: queijo

En otras, se nombra con algo semejante a /forma/:

Catalán:  formatge

Francés: fromage

Friulano: formadi

Italiano: formaggio

¿Cuál es el verdadero hijo latino y cuál el bastardo advenedizo? Pues bien, como ocurre en las pelis malas de suspense, al final eran gemelos. Y es que en este caso son latinajos legítimos los dos, ya que, si bien caseus significa “queso” en latín (y de ahí la evolución histórica hasta nuestro queso), se generalizó la expresión caseus formatus, que no es más que “queso moldeado” (siendo formatus familia de forma). Algunas lenguas derivaron a partir de caseus, y otras se quedaron con el formatus, lo que explica las dos vertientes históricas para denominar a tan gustoso manjar.

Cómo de larga la tenemos, la palabra

enero 5, 2012 § 5 comentarios

Uno de los labs del Molino es el Crucigramador, una herramienta indispensable para todos los adictos a crucigramas. Y cuando uno trastea y ve que se puede darle la longitud a la palabra que quiera, se pregunta ¿cuál es límite de la longitud de una palabra en español? Vemos que el límite está en 32. Seleccionémoslo y dejemos todo vacío, ¿qué nos da? Tetrametildiaminodifenilsulfonas.

tetrame… esa palabra… ¿Y con 31? 2, curioso: el singular de la de 32 y otra más. ¿Y con 30? 3. 1,2,3… ¿Vamos a seguir así, sumándole cada vez una? Evidentemente no. ¿Cómo se comporta el crecimiento y decrecimiento de la cantidad de palabras según la cantidad de letras?
Podríamos seguir usando el Crucigramador y contar los casos a mano, pero preferimos hacerlo de manera automática con la base de datos que alimenta nuestro Crucigramador. Los datos obtenidos los podéis ver en la siguiente gráfica:

La curva en color rojo son formas (corriendo, corrí, luces…), la verde sólo lemas (correr, luz…). Entre 25 letras y las 14 la cantidad de formas se va multiplicando por 2. Sin embargo parece que la cantidad de letras que más formas produce es 10, donde conseguimos más de 100.000 palabras. Desde ese punto se produce una caída en picado tan pronuncianda que con la mitad de letras, con 5, se consigue sólo 14.000 palabras.

Hay que recordar que estos son la cantidad de formas diferentes que existen en la lengua. Desde luego no quiere decir que cuando cogemos un texto la mayoría de las palabras van a tener 10 letras.

Comparando las dos curvas percibimos varios datos; el primero: la enorme diferencia en cuanto a la cantidad de formas y lemas, los lemas son un décimo de las formas. Dicho de otra manera: proporcionalmente cada lema es capaz de producir 10 formas flexionadas distinas. Desde luego eso es mentira, lo cierto es que hay palabras que no da ni un triste fruto (preposiciones, adverbios, etcétera), hay palabras que tienen entre 2 y 4 hijos (sustantivos y adjetivos) y otros que son la grandes paridores de la lengua, los verbos, consiguiendo más de 60 formas hijas sin despeinarse (el lema comer pare: como, comes, comí, comed…).

El segundo dato que conseguimos es que el punto más alto de formas contiene 10 caracteres, mientras que el punto más alto de los lemas está entre 8 y 9 caracteres. Esto no hace más que corroborar el hecho de que la mayoría de las flexiones de una palabra añaden material fónico (que se traducen en caracteres al pasar a la escritura) al lema. Es decir, perros o perritos son formas más largas (con más sonidos o caracteres) que su lema perro. Comeré tiene un caracter más que comer y comíamos tres más.

El sufijo ‘-ate’ es para golosos

diciembre 29, 2011 § 1 comentario

Hemos encontrado seis palabras que terminan en -ate y que nombran alimentos dulces. En algunos casos, es detectable una raíz dentro de la palabra que alude al ingrediente fundamental del que está hecho el dulce, como si el sufijo -ate significase “dulce hecho de”.  Para más inri, todas ellas están vinculadas a América del Sur.

He aquí la lista demoniaca:

Chocolate

Piñonate

Calabazate

Duraznate

Gaznate

Ate

Situación clítica: el imperativo se rebela

diciembre 21, 2011 § 3 comentarios

Imaginad que todos nosotros somos un grupo de dermatólogos y yo soy la lider de la manada. Alguien se nos acerca para que le echemos un ojo a una mancha que le ha salido en la espalda y yo exclamo al grupo:

Mirémostela (te=a ti, la=la mancha), a ver qué pinta tiene   (no suena muy bien, pero yo no diría que no se puede decir)

Ahora imaginad que no es una persona la que viene sino dos personas con sendas manchas en la espalda. ¿Qué podemos decir ahí?

¿Mirémososla? ¿En serio?

En general, saliendo de la historieta, la duda es la siguiente: ¿cómo crear el imperativo de 1ª persona del plural uniéndole un clítico (esas particulillas pronominales que se pegan al final de los verbos, como en dámelo) de 2ª persona del plural? En principio, si se puede hacer con la 2ª del singular parece un poco raro que sea imposible hacer lo mismo con la 2ª persona del plural.

Aquí va una segunda tanda de ejemplos más o menos contextualizados para reflexionar sobre el asunto partiendo de casos concretos:

Yo digo que miremos eso:  mirémoslo

¿En qué cine ponen la peli? No lo sé, mirémoslo en el periódico.

Yo digo que miremos a ella: mirémosla

Cuando he dicho que preferíamos hablar en privado, Ana no ha parecido pillar la indirecta. Mirémosla con insistencia a ver si se da por aludida.

Yo digo que miremos a ti: mirémoste (en este caso el -te puede ser un objeto directo o un indirecto)

Mirémoste ese lunar que dices que tiene mala pinta

Dices que no sabes hacer el pino pero yo te he visto hacerlo antes. Mirémoste hacerlo y salgamos de dudas.

Yo digo que miremos a vosotros:  ¿mirémosos?

Decís que no sabéis hacer el pino pero yo os he visto hacerlo antes. ¿Mirémosos? hacerlo y salgamos de dudas.

Por Dios, qué desazón.

Para otras construcciones irresolubles, recomendamos vivamente el bug arácnido La palabra que no se puede escribir

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